Era los primeros días de agosto del año 490 a. de C. Una flota de más de 600 barcos procedentes de Persia atracaba en la bahía de Maratón. Al frente de un ejército que superaba de largo los 30.000 soldados, Artafernes, sobrino del Gran Rey Darío, Hipias, un traidor griego que aspiraba al poder en Atenas y el general Datis tenían la intención de arrasar la ciudad griega en lo que parecía iba a ser una batalla corta y fácil.

Desde lo alto del Monte Pentélico, desde el que se dominaba la llanura de Maratón, el polemarca> Calímaco, que comandaba a 11.000 soldados atenienses, miraba con preocupación el desembarco y el despliegue de las tropas persas. No sólo era evidente que les doblaban en número, sino que sus tropas no estaban acostumbradas a combatir en campo abierto ni tenían con qué oponerse a la temible caballería de su enemigo.

Atenas esperaba desde hace meses al ejército de Darío, sediento de venganza porque la ciudad había apoyado la revuelta de las ciudades jónicas, poco tiempo atrás. Los generales griegos decidieron salir a su encuentro, pero, sabedores de su inferioridad, habían enviado a un joven hemeródromo>, Filípides, a recorrer los 246 kilómetros que separaban Atenas de Esparta para solicitar ayuda (“sabed lacedemonios que los atenienses os piden los socorráis, no permitiendo que su ciudad sea por unos hombres bárbaros reducida a la esclavitud”) a la única ciudad griega que era capaz de frenar el ímpetu del imperio asiático. Consciente de la gravedad de la situación, Filípides recorrió la descomunal distancia en apenas dos días para encontrarse con la sorprendente respuesta de que Esparta ayudaría a Atenas cuando terminaran las fiestas religiosas que estaban celebrando.

Así que durante varios calurosos días, ambos ejércitos estuvieron observándose, esperando, hasta que Datis decidió embarcar a su caballería para dirigirse a Atenas por mar. Cuando Calímaco se percató, decidió que era el momento de atacar. En caso contrario, podrían no tener una ciudad a la que volver, en el supuesto de que sobrevivieran.

De todas maneras, las dificultades eran enormes. ¿Cómo enfrentarse a un enemigo tan superior? Aun sin el efecto letal de la caballería, la primera dificultad que tendrían que enfrentar antes de la batalla era la descarga de los arqueros persas. Si movía a sus tropas, podrían llegar diezmadas a la lucha por el efecto de las flechas. A no ser que….Se le había ocurrido una idea. Se giró y llamó a consejo a su tienda a los otros diez estrategos.

Unas horas más tarde, el olor del miedo y a cuero se mezclaba entre las filas atenienses, dispuestas para atacar. Calímaco había dispuesto a sus soldados en filas compactas, pero más reforzadas en los flancos, al contrario de lo que habitualmente hacía el ejército persa (que ponía toda su fuerza en el centro de su formación), pero también como una forma de poder igualar la longitud del frente.

Milcíades, uno de los generales de Calímaco, fue el encargado de dirigir el ataque, y cuando dio la orden de avanzar los atenienses se dirigieron hacia el enemigo, del que le separaba casi kilómetro y medio. Cuando apenas quedaban doscientos metros, y ya se oía el ruido de los arcos tensados, los griegos se lanzaron a la carrera en formación cerrada, como habían hecho innumerables veces en sus juegos escolares. Era la primera vez que un ejército, en la historia de la Humanidad, atacaba a su rival a paso ligero. Cuando los miles de flechas persas, aquellas que después en la batalla de las Termópilas “ocultarían el sol”, llegaron a su destino, los atenienses ya no estaban allí, sino afrontando el cuerpo a cuerpo, su especialidad, contra los invasores.

Las largas filas de soldados chocaron entre sí. Como Milcíades había dispuesto que sus mejores tropas lucharan contra las peores del ejército persa, en los flancos, la formación ateniense se dobló sobre sí misma, como lo hace una cuerda cuando se juntan los extremos, provocando en las tropas de Darío la sensación de estar rodeadas, y sin la posibilidad de recibir la ayuda de la caballería, lo que desató el pánico y les lanzó a buscar refugio en las naves, provocando en la desbandada en la playa una sangría de más de 6.400 soldados persas muertos, frente a los apenas 190 atenienses.

De lo que se cuenta que ocurrió después, lo único que es cierto es que las tropas persas nunca llegaron a desembarcar en Atenas. Herodoto, cinco siglos más tarde, relató que otro hemeródromo, Tersipo, fue enviado a Atenas a anunciar la victoria para evitar que el avistamiento de la flota de Darío causara el pánico en la ciudad, y que éste recorrió los poco más de 40 kilómetros de distancia en apenas dos horas, con el último aliento para susurrar “nenikékamen” (hemos ganado), antes de caer fulminado.

Si esto fuera cierto, sería verosímil la leyenda que dice que, cuando Hipias avistaba Atenas, al ver las ventanas y tejados llenos de gente, que en realidad eran mujeres y niños, decidió regresar con su flota al considerar que la ciudad estaba fuertemente defendida.

Pero poco importa que el final de la batalla de Maratón sea como se cuenta o no. En realidad, esta historia está llena de arquetipos y símbolos. El valor que cobra el heroísmo cuando se realiza al servicio de otros, el efecto que produce superar obstáculos aparentemente imposibles (a partir de esta batalla de la Primera Guerra Médica, se empezó a crear la superioridad militar y la confianza colectiva para que Grecia se convirtiera en la cuna de una civilización que aún perdura), el poder transformador de los momentos de crisis en las personas o en los grupos, el efecto irresistible de utilizar las habilidades adecuadas en el momento y situación adecuados, o la enorme energía que el ser humano es capaz de encontrar en su creatividad y en su capacidad de sacrificio, son lo suficientemente inspiradores para que no importe dónde termina la historia y dónde empieza la leyenda.

1 comentario

  1. Imagen de perfil de Alfonso Romay
    2 febrero, 2015 at 7:37 am — Responder

    Todavía existe una mayor leyenda, porque mucha gente piensa que la distancia es la real desde Maratón a Atenas.
    Pero no es cierto. En realidad, se estableció en los Juegos de Londres 1908. Exactamente 42K es la distancia entre la ciudad de Windsor y el Estadio White City donde acababa la prueba. Y los últimos metros fueron añadidos para que el final de la prueba tuviera lugar frente al palco presidencial del estadio.

    Aún así, como dices, nuestra historia está llena de leyendas que, sin ser ciertas, ofrecen lecciones valiosas. En este caso, nos recuerda el esfuerzo y la tenacidad del ser humano cuando se enfrenta a situaciones extremas.

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