“Qué extraño es todo hoy. Y ayer, en cambio, era todo normal”.

El proceso de inmersión en las redes sociales produce sensaciones que deben ser muy parecidas a las que sentiría Alicia al caerse por la madriguera mientras perseguía al conejo. Un mundo de referencias extrañas, con códigos y lenguajes propios, cosas que aparecen y desaparecen de forma mágica, y situaciones que se suceden a un ritmo vertiginoso, hasta que se hace tan normal como hablar con todo tipo de animales o jugar al croquet contra un naipe de la Reina de Corazones.

Para los de fuera, es algo tan difícil de comprender como el País de las Maravillas: personas aparentemente normales que se comunican con gente a la que no conocen como si fueran íntimos amigos, en un lenguaje ininteligible. Terrícolas y extraterrestes. Se sumergen en Twitter, o si piensan como Alicia (“¿de qué sirve un libro si no tiene ilustraciones?”), en Facebook. Si superan la prueba iniciática, si aprenden los rituales, pasan a formar parte del clan.

Para los no abducidos, el diagnóstico debe ser muy cercano a la forma más grave de esquizofrenia. Por ejemplo, ¿qué sentido tiene twittear actividades particulares, de escaso o nulo interés para el resto de la Humanidad como “entrando en el cine con mi hijo a ver Star Wars 14”. Nótese el gerundio: si realmente el twittero está haciendo eso que escribe, al niño no le está haciendo ni puñetero caso. Y otra reflexión: ¿qué ego desmedido puede llevar a alguien a pensar que lo que cuenta que está haciendo le interesa de verdad a quien está al otro lado de la pantalla?
Una segunda versión de esta categoría de tweets es la de la persona, seguro que profundamente desocupada, que se empeña en contar algo a sabiendas de lo absurdo que es: “bajando a cambiar el ticket de aparcamiento”.

Detrás de ellos, los que además de no tener nada interesante que decir, además carecen de ideas. Para esto están los retweets. Reenvía algo de alguien, y de esta manera te deberán un favor.
Y la última de esta categoría: si no tienes nada que decir, pero quieres decir algo porque si no revientas, da las gracias por un retweet. Tweets al peso, vamos. Cuanto más aparezcas, más inmortal te vuelves.

Luego están los tuiteros que escriben en algo muy parecido a código de programación COBOL. Una amalgama de iniciales, palabras sin vocales y símbolos propia de personas con vocación profundamente autista. ¿Habrá un mensaje secreto oculto en esos tweets? ¿Qué querrán decir exactamente? ¿Ha alcanzado la civilización un nuevo estadio en su evolución, haciendo realidad algunas escenas de películas de ciencia ficción, y habré estado yo hibernando durante varios siglos? Y, por si acaso, nadie escribe nada negativo. No leerás, no “Vistiéndome para ir a cenar con mis cuñados. Pocas ganas”.

Muchos consideran las redes como un terreno en el que, a pesar de lo que pueda parecer, aparecen y/o se consolidan las relaciones sociales. No necesariamente. Si tienes un nombre de lo más común, pongamos Juan Pérez, es absolutamente imposible que tus amigos te encuentren. ¿Qué nick eliges? Ni juanperez, ni jperez, ni juanp, ni nada de nada, así que acabas eligiendo el último nombre disponible (zerepnauj) con lo que acaba siendo un milagro si logras que te encuentre alguien de tu círculo más cercano.

Y esto es algo en lo que parece que debes tener cuidado, porque es un campo en el que el fracaso en la creación de tu marca personal es evidente de manera muy rápida. Si sigues a muchas personas, pero te siguen pocos, amigo mío, eres un renegado. Si te lías a publicar tweets de forma compulsiva, sin la dosificación necesaria como para que parezca que eres una persona reflexiva y dedicada a esto de las redes en cuerpo y alma, tu cotización puede bajar peligrosamente.

En fin, todo muy raro hasta que termina pareciéndote normal ver a un conejo corriendo con un reloj en la mano y quejándose porque llegaba tarde a todos los sitios. Es entonces cuando nos preguntamos, como Alicia: “Qué extraño es todo hoy. Y ayer, en cambio, era todo normal. ¿Habré cambiado durante la noche?”

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