El aprendizaje va a ser la actividad más importante relacionada con las personas en el siglo XXI, y la capacidad para aprender y desaprender, la competencia que más va a condicionar el éxito en el desarrollo de las carreras profesionales.
Ya lo anunciaron Hamel y Prahalad en “Compitiendo por el futuro”, un libro que más allá de un clásico es casi catálogo de predicciones acertadas sobre estrategia corporativa. Parafraseándolos, los profesionales están abocados a “desaprender gran parte de su pasado para poder encontrar el futuro”. Algo muy evidente, pero que habitualmente se está gestionando más como reacción a las fuerzas del mercado laboral que como una fórmula de gestión de la propia carrera.
Veinte años más tarde, Lynda Gratton acaba de escribir en “Prepárate: el futuro del trabajo ya está aquí”: “La era del generalista ha llegado a su fin. En el futuro se necesitará conocimiento serial para general un valor añadido real, (…) tener la capacidad de reinventarnos para acceder a otras áreas de especialización”
En estas, me recomiendan leer –y yo también invito a ello- un libro escrito por un autor bastante heterodoxo, Josh Waitzkin, campeón de ajedrez primero y de Tai-Chi después, que relata su camino hacia la excelencia apalancándose en procesos de aprendizaje muy poderosos.
Además de un final emocionante, casi de novela de acción, Waitzkin nos da las claves de su éxito en dos disciplinas tan distintas.

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En primer lugar, el rendimiento excepcional, en este caso en un entorno de alta competición – pero extrapolable al mundo laboral- como consecuencia de un posicionamiento actitudinal de las personas en el proceso de aprendizaje o entrenamiento. Conceptos por cierto bastante conocidos: la resiliencia, la humildad para aceptar el error y aprender de él (“invertir en perder”), y la cultura del esfuerzo, el dominio de la concentración, de la intuición y de las emociones
No hay que desdeñar el papel del maestro, o los padres, o una figura que es el principal alimento de esta predisposición, la persona que guía y focaliza al alumno hacia los fundamentos, lo esencial de esa disciplina, para poder dominarla. Es inevitable asimilar esa función a la del buen coach que permite ampliar el foco de la conciencia para obtener otra perspectiva.
La obra es un tratado de cómo posicionarse para lograr la mejora continua sin caer en el paternalismo de los libros a autoayuda. Lo sorprendente es la capacidad de adaptación para pasar de formar parte de la élite del ajedrez, a la élite de un arte marcial. Y esto es porque Waitzkin tiene muy claros los principios básicos del aprendizaje…y está dispuesto a retarse permanentemente, lo que tradicionalmente se llama salir de la zona de confort, algo posible gracias a la autoconfianza y que acaba generando un círculo virtuoso.

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