Siempre queda el soma, el delicioso soma, medio gramo para una tarde de asueto, un gramo para un fin de semana, dos gramos para un viaje al bello Oriente.

Aldous Huxley

¿Cómo te imaginas el regreso al trabajo?”. Esta es la gran pregunta de nuestros días.

Es una ventaja que nadie espere ser el mismo, ni que todo siga igual, cuando acabe esta guerra.

Así que puestos a imaginar, me imagino un mundo en el que las empresas se han transformado en megacorporaciones, confundidas con el concepto de Estado tal como lo conocemos ahora.

Me imagino un trabajo mucho más en soledad. Lo que en su momento era aislamiento, motivado por la preocupación por salud y la supervivencia física, se habrá transformado en un distanciamiento impuesto por la extensión del uso de tecnología. Un trabajo de reuniones a través de hologramas, con menos códigos sociales, alegría o espontaneidad.

Me imagino un mercado de trabajo dividido en dos. Uno de bajo precio, y por tanto salarios bajos, con trabajadores de poca formación, con poco tiempo libre porque tendrán muchos empleos simultáneos, generalmente diseñados para llenar el ocio del otro grupo, el de los trabajadores cualificados, dedicados a trabajos sucesivos muy bien pagados y obligados a re-especializarse continuamente.

Un mundo del que los sindicatos desaparecieron hace ya años, muertos por obsolescencia y sustituidos por asesores personales híper especializados que sustituyeron las ruidosas asambleas multitudinarias por sesiones de asesoramiento virtuales.

Un poco después de ellos desaparecieron los departamentos de Recursos Humanos, que no pudieron sobrevivir por mucho que se camuflaran bajo otros sinónimos. No eran necesarios en un mundo en el que, gracias al acceso universal a los datos,  un algoritmo era capaz de colocar al candidato con las habilidades necesarias en cada vacante sin ningún esfuerzo por parte de nadie.

¿Y para qué iban a seguir ocupando sitio y gastando tiempo, si lo que antes se les pedía que hicieran, ahora forma parte de la naturaleza de cualquier empleo? El trabajador se forma solo – por la cuenta que le tiene- pues a dos toques de su Smartphone tiene acceso gratuito a todo el conocimiento del mundo. Los salarios están tasados automáticamente por otro algoritmo, no hay engaños ni complejos procesos de decisión y comparación. Y el trabajo tiene miles de sensores que valoran constantemente la calidad y productividad de cada uno.

Pero en el futuro que imagino, las empresas  son mucho más humanas que antes. Ser humanas no es lo mismo que más buenas: serán implacables con la gente cuando no cumpla los estándares o cuando el trabajo se acabe, pero generosas para ofrecer escenarios en los que merezca la pena pasar el tiempo. Será un mundo en el que no será fácil distinguir quién es empleado y quién cliente, ni qué es trabajo y qué vida personal.

El valor lo aportará quien sepa enseñar la gente qué tiene valor, a gestionar la incertidumbre, a dominar el cambio y a sacar partido de las relaciones humanas.

Lo que yo me imagino en la postguerra es un inevitable cambio de modelo, pero también una oportunidad, única y última, para anticiparse, porque habrá que reinventarse, de manera individual y colectiva, a uno mismo, a su trabajo y a sus empresas, en un futuro ni tan improbable, ni tan lejano.


Lynda Gratton & Andrew Scott. La vida de 100 años.
Thomas L. Friedman. Gracias por llegar tarde. 



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2 comentarios

  1. 26 abril, 2020 at 9:24 am — Responder

    Una inspirada visión de futuro, que espero no se cumpla en su totalidad.

  2. 27 abril, 2020 at 7:33 am — Responder

    No se si todo será como dices exactamente,… pero lo que si esta claro es que es una oportunidad que se presenta una vez en la vida para anticiparse, reinventarse y evolucionar en un futuro no muy lejano….

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