El alma que hablar puede con los ojos,

también puede besar con la mirada

Gustavo Adolfo Bécquer

No hay un sustituto para las relaciones humanas. Si no queremos estar aislados sólo podemos tomar dos decisiones: fiarnos o arriesgarnos.

Para protegernos, ahora nos apartamos educada pero ostensiblemente cuando nos cruzamos con alguien, nos separamos en las colas, evitamos tocar donde otro ha tocado, nos despedimos con un “suerte”.

¿Como va a afectar esta experiencia, no vivida antes por nuestra generación, a las relaciones humanas? En la postguerra, va a ser determinante si utilizamos nuestra capacidad para olvidar o nuestra capacidad para aprender.

Cada día lo tenemos más difícil. Tendremos que ser hábiles manejando las barreras, haciéndolas invisibles. Cuando estábamos a punto de necesitar certificados de consentimiento, ahora parece que vamos a necesitar intercambiar certificados de inmunidad.

Tenemos que instalar mamparas en los bares, en las oficinas, en las camas, en los trenes.

Vamos a tener que interpretar la mirada que hay tras cada mascarilla.

Hasta el momento, lo que nos está salvando como grupo es la colaboración entre personas, un mecanismo de defensa adaptativo, el altruismo recíproco que explican tan bien los antropólogos. Pero cuando se despeje el humo de la batalla, lo primero que vamos a ver es que la confianza ha desaparecido.

Se ha perdido la confianza en muchos Gobiernos e instituciones por la gestión de lo colectivo, insolidaria y aprofesional; en muchas empresas porque van a desprenderse de la gente como se suelta el lastre en los barcos; y en general en los demás porque cualquier persona se ha convertido en un potencial enemigo.

¿Cómo vamos a recuperar la confianza si tenemos restringido el contacto? La confianza se asienta en elementos intangibles como la empatía y la compasión. No se puede tener confianza si hay miedo.

Muchas compañías ya han visto esto y sus comunicaciones son tremendamente emocionales. Al igual que clientes y empleados van a ser conceptos cada vez más homogéneos, la imagen de la empresa se va a difuminar: trabajo y vida personal se están confundiendo, y la empresa se tiene que hacer más humana…transmitiendo emociones como haría una persona.

Para tener ilusión hace falta un propósito, que es uno de los pegamentos más poderosos para unir a las personas. Y detrás de un gran propósito sólo puede haber un líder a la altura.

Si queremos recuperarlo tenemos que saber acercarnos pese a las barreras. Aprender a besar con la palabra, a abrazar con la mirada.

Juanjo Fraile. La magia de la gratitud

Juan Luis Arsuaga. Vida. La gran historia

1 comentario

  1. 5 mayo, 2020 at 4:00 pm — Responder

    Querido Juan Antonio,
    Desgranas, a mi juicio, la actual y futura situación con una claridad realmente sobrecogedora y cierta.
    La realidad siempre es “neutra”, y depende de cada individuo y su voluntad como es recibida y experimentada.
    El individuo, tú, yo, tenemos el infinito poder de decidir. Pero el Ego se presenta como una barrera muchas veces Infranqueable, o al menos difícil de eliminar. Y así este ego, el de cada uno, nos condiciona de tal forma que nos aleja de la felicidad, de la confianza, de l gratitud. Y nos lleva a territorios negativos de soberbia, miedos, egoísmos.
    Juan Antonio; saldremos de esta horrible circunstancia que vivimos enfrentados a un virus invisible. Y la salida no será “la misma” para todos, ni tan siquiera habrá tendencias. Creo que no. Dependerá de cada persona buscar su propia esencia, su Ser, para experimentar el futuro, el cambio y la incertidumbre con fuerza, optimismo y confíanza. Dependerá de cada uno individualmente, ahora más que antes.
    Y tendremos una infinita oportunidad de experimentar cosas nuevas y bonitas o ahogarnos en una mierda colectiva
    Yo propongo conectar con tu propia esencia y desde ahí activar la gratitud y el agradecimiento con intensidad y determinación
    Estoy seguro que el futuro va a merecer la pena. Solo hay que predisponerse a ello
    Abrazo enorme amigo, y gracias por tus reflexiones

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