«No hay nada que pueda agrandar tanto el ánimo como comprobar cada cosa que en la vida nos acontece y ver cuál es su valor con respecto al ser humano»

Marco Aurelio. Meditaciones

En esta crisis casi todos nos hemos vuelto un poco profetas.

Ya sabemos que los profetas, como los economistas, suelen ser gente inmune e impune ante sus predicciones. Sólo los que aciertan en sus pronósticos pueden beneficiarse, quizás, del beneficio de su precisión. El resto puede seguir teniendo innumerables oportunidades para poner a prueba sus dogmas. Vivimos tiempos en los que todos tenemos un altavoz para poder echar las cartas a ver si suena la flauta. Si acierto, bien; si no, nadie me va a pedir cuentas.

Así que es fácil y barato aventurar cambios cuánticos en las organizaciones y en los sistemas que los regulan. Nuevas organizaciones, nuevo liderazgo, nuevos modelos de trabajo,… es la prueba de las ganas que muchos tienen de vivir una realidad diferente.

Son muchas las señales y los indicios: nuevas tecnologías que permiten prestar el trabajo en espacios físicos y temporales distintos, y ahora tenemos pruebas empíricas de que puede hacerse en gran escala; un esperado y radical rediseño físico y estructural de las organizaciones, basado en nuevos modelos de relación con empleados y clientes; o el potencial que se abre a las empresas para jugar un papel crítico en la Sociedad del futuro –ojalá lleguemos a tiempo, antes de que entre unos y otros las hagan desaparecer-.

Y a la vez, la necesidad de que los trabajadores se impliquen más allá de lo racional, que no de lo razonable, en sus trabajos….

Todo va a ser distinto, sí. Pero ¿por dónde empezamos?

¿Abrumamos a los equipos directivos con demandas híper exigentes cuando van a estar focalizados en sacar adelante su negocio –y, de paso, evitar que les pongan en la calle-? ¿Intentamos convertirlos en gente con nuevos super poderes de la noche a la mañana?

¿Paralizamos a los trabajadores con la amenaza de su necesidad de estar alerta y/o reinventarse para sobrevivir, ahora que necesitamos que estén confiados?

¿Y si empezamos a construir desde los fundamentos?

Sugiero que, antes de empezar a comprar o a vender con avidez bálsamos de Fierabrás a esos consultores que llevaban años guardando el Santo Grial para este momento, nos preguntemos por lo básico. Porque tenemos que movernos rápido, sí, pero si lo hacemos sin tener en cuenta lo fundamental, no llegaremos a ningún lado. La empatía parece convertirse en la habilidad humana más necesaria.

Tendremos que ser muy hábiles para sacar el mejor partido de los nuevos modos de relación. Eso es lo que va a ser más difícil. Porque, por muy plástico que sea nuestro cerebro, no estamos diseñados biológicamente para reconstruir la Sociedad sustituyendo los encuentros cara a cara por pantallas ahora, y luego por hologramas.

Si vamos a viajar menos, si restringimos la distancia física y con ello generamos códigos nuevos para nuestras relaciones, necesitaremos mejorar algunas habilidades.

Nadie dice que una relación que empieza en soporte virtual tenga que ser peor que las que no lo sean. Obviamente, los objetivos y las probabilidades serán distintas según el canal: no puede pedirse lo mismo a Tinder que a Teams.

Pero las redes sociales están mostrando algunos efectos malignos a nivel individual y colectivo, como la agresividad y polarización que canalizan, su uso como herramientas de manipulación de voluntades o para secuestrar la atención de los millenials y post millenials, anestesiando su potencial para construir relaciones de valor emocional cuando más lo necesitan.

Deberíamos ser muy hábiles leyendo en los ojos, por encima de las mascarillas, las pocas veces que nos encontremos cara a cara. Deberíamos ser muy hábiles sacando el máximo partido de las palabras.

Las conversaciones tienen que optimizarse. No pueden ser herramientas de valoración sino de descubrimiento.

Así que sugiero que ya desde mañana, antes de lanzarnos con los ojos cerrados la reconstrucción, le preguntemos al que tenemos al lado “¿Qué tal estás?”, y que reservemos algo de nuestro  tiempo para escucharlo. Y luego, nos ponemos con lo demás.

Lecturas para la reflexión:

Marco Aurelio: Meditaciones

Luis Castellano: La ciencia del lenguaje positivo

Leonardo Wolk: El arte de soplar las brasas

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