Más que correr

“No perdería un honor tan grande
Como el que un solo hombre creo que me arrebataría
Por lo que más deseo”.

Cuando me preguntan por qué empecé a correr, soy incapaz de dar una respuesta. De hecho, aún me sorprende cómo logré aguantar los primeros días hasta superar mi umbral aeróbico, esa barrera ante la que mantener la carrera produce una sensación agónica, una frontera invisible e inesperada que no todos esperan para pasar a la siguiente dimensión del esfuerzo, la del paraíso de las endorfinas.

La verdadera pregunta es por qué sigo corriendo. Parece haber una explicación fisiológica, que se relaciona con ese ligero malestar y sentimiento de culpa cuando pasan varios días sin practicarlo, y con esa difusa y adictiva sensación de euforia que dura varias horas tras el ejercicio. Hay también una causa social. Para ser una actividad para la que no se necesita un compañero o rival, pocas cosas hay que tejan relaciones como compartir una carrera. De hecho, hacerlo en un maratón genera una especie de lazos de hermandad que sólo comprenden quienes han compartido una experiencia tan emotiva.

Y por otro lado, esa querencia de los runners a escribir en blogs para contar sus cosas sólo puede explicarse porque en el entorno más cercano ya no les soportan de lo pesados que son… somos. Creo que no hay que buscar la inspiración o la motivación para correr fuera de uno mismo. Este sencillo acto es capaz de condensar qué objetivos nos proponemos y el nivel de sacrificio que estamos dispuestos a asumir para conseguirlos.

Correr es encontrar más energía en los fracasos que en los éxitos. Correr te hace fuerte, porque el sufrimiento te pone enfrente de tu debilidad. Llegar a la meta cuando se ha dado todo de uno mismo, produce una fuerza que dura mucho más allá de cada carrera. Correr enseña y educa, porque la soledad y la experiencia que genera la larga distancia te hace encontrarte contigo mismo y descubrir constantemente cosas sobre ti.

Hace unos años, justo doce meses antes de correr mi primer maratón, no se me ocurrió mejor manera de animar a mis amigos maratonianos que iban a enfrentarse a ese reto el domingo siguiente que transcribirles el discurso de Enrique V de Shakespeare, porque, ¿qué diferencia hay entre tocar la gloria luchando contra los franceses que demostrarte a ti mismo lo fuerte que eres?

    El buen hombre contará esta historia a su hijo;
    Y nunca pasará este día hasta el fin del mundo,
    Sin que nosotros seamos recordados con él;
    Nosotros pocos, nosotros felizmente pocos, nosotros, una banda de hermanos;
    Porque el que hoy derrame su sangre conmigo
    Será mi hermano; por vil que sea,
    Este día ennoblecerá su condición:
    Y los gentiles hombres que están ahora en la cama en Inglaterra
    Se considerarán malditos por no haber estado aquí,
    Y tendrán su hombría en poco cuando hable alguno
    Que luchara con nosotros el día de San Crispín

Merece la pena ver este vídeo que trata de explicar el espíritu del maratón: