Maratón de Valencia, 20 de noviembre de 2016

Elegí Valencia, después de cuatro años corriendo maratones fuera de España, porque concentraba críticas favorables de forma unánime de todas las personas que conozco que lo habían hecho.

Puestos a invertir tanto esfuerzo y tiempo en preparar un desafío de estas características, el escenario debe valer la pena. Es cierto que el listón está muy alto, después de haber vivido experiencias como Nueva York, Chicago y Berlín.

Porque de eso se trata, de transformar una prueba deportiva en una experiencia que merezca la pena recordar. Valencia ha cumplido con las expectativas, no en vano estrenaba la calificación Oro de la IAAF.

Y puestos a hacerlo memorable, tuve la suerte de contar como entrenador de lujo con Pablo Villalobos. Estaba convencido de que las dos últimas maratones, entrenadas según un plan sugerido por una página de calzado deportivo de Internet, fueron tan sufridas porque faltaba mucha calidad en la preparación. Correcto. Como consecuencia de este cambio de planteamiento, pude completar mi séptima Maratón con una sensación de dominio de la estrategia tan grande que la segunda media la corrí tres minutos más rápida que la primera.

Cada vez más estoy convencido de que ponerse a prueba de esta manera es un ejercicio  muy benéfico para el cuerpo y el espíritu. Durante los más de tres meses de preparación, hay que gestionar todo tipo de circunstancias: priorizar en la vida diaria los tiempos de entrenamiento, renunciando a otras cosas, también importantes; dominar los miedos cundo te encuentras con una casi inevitable lesión –esta vez la lesión invitada ha sido una periostitis bilateral-; comprobar la propia capacidad de sufrimiento y el crecimiento mental que se adquiere…

Todo esto se merece el mejor escenario para rematarlo. En este caso Valencia se ha mostrado como una ciudad volcada, una prueba bien organizada, con el toque multinacional que le dan los corredores de tantas nacionalidades distintas (en 2016 han corrido 1.800 italianos), y terminarlo sobre la alfombra azul en la Ciudad de las Artes y las Ciencias es la puntilla para hacerlo inolvidable.

Correr y terminar un Maratón es sufrido, pero sobre todo es épico; épico en su significado de fuera de lo común, pero también en el primer significado de la palabra según el diccionario: hay algo de epopeya en esas imágenes de los corredores entrando en meta, felices y agotados, algo de poesía escondida en las caras, los abrazos, las lágrimas y el andar entorpecido, y en la media sonrisa que llevas en la cara cuando luces la medalla.

Valencia ha estado bien, muy bien. Vamos a por el octavo.