First we take Manhattan, then we take Berlín. 28 de septiembre de 2014

Berlín, 28 de septiembre de 2014
Nadie que haya oído la canción de Leonard Cohen podría tener ninguna duda de que, después de correr el Maratón de Nueva York, había que vivir el de Berlín.
El segundo Major en una ciudad histórica, que combina la frialdad de las ciudades de Europa Central con los vestigios y las reminiscencias de una capital imperial.
El destino de Europa se fraguó en la primera mitad del siglo XX en esas calles; para alguien a quien le encanta la Historia de las dos Guerras Mundiales, es un lujo pasear por el barrio de la Cancillería del Reich (al lado del Ministerio del Aire, intacto desde la Guerra), el aeropuerto de Tempelhof, o el complejo donde se alzaba el Reichstag, ahora ocupado por el Bundestag y los modernos edificios que recuerdan la grandeza del país.
Tan grande como su Maratón, una gran organización excepto detalles nimios, como por ejemplo equivocarse en mi dorsal y cajón de salida y colocarme en el primero…si, si, el que se ve en las fotografías aéreas detrás de los globitos…sí, sí, inmediatamente detrás de la élite.
Y Ahí estaba yo, a las nueve menos cuarto de la mañana, en el enorme Tiergarten, pensando si debía hacer lo sensato e irme varias docenas de metros más para atrás, pero estaba hipnotizado mirando la Columna de la Victoria,que estaba recibiendo de lleno los rayos del sol al amanecer.
Como ya sé que esto de los Maratones se compone de una sucesión de momentos que se quedan grabados en la memoria, y éste era uno de ellos, decidí asumir el riesgo y salir desde tan delante, aun sabiendo que el ritmo iba a ser muy alto para mis posibilidades y podía pagarlo. Haciendo cálculos mentales, a bote pronto, me iban a adelantar a lo largo de la carrera unos 20.000 corredores…
Para muchos, Berlín es el mejor Maratón del mundo. Rápido, organizado, para disfrutarlo. Siendo todo esto cierto, correr por Berlín tras haber vivido la experiencia americana es un tanto decepcionante. No hay el frenesí que ves en Nueva York. El público, más que gritar, golpea disciplinadamente unos aplaudidores que reparten en la Feria del Corredor. Hay orquestas, sí, pero también violonchelistas…supongo que es la manera que tienen de divertirse los alemanes.
Los ritmos de mi carrera son rápidos, como corresponden a la posición en que he salido. Por más que intento echar el freno de mano, los primeros 10 kms. salen en 1:00:08, lo cual es a todas luces una locura, como los segundos 20 kms., 2:02:39.
Efectivamente, es a partir del km. 28 cuando empiezo a pagar por la broma. No es que sean precisamente los síntomas que tienes cuando te has pasado de ritmo y sabes que las pulsaciones están demasiado altas, y por mucho que hagas no van a caer (salvo que te pares, claro). Saber que te queda hora y media de sufrimiento no es precisamente tranquilizador.
Sólo se me ocurre una cosa. Partir la carrera en trozos, trozos de un kilómetro, centrarme en acabar el siguiente, vivir cada uno como una victoria y esperar que pase el tiempo. Correr con la cabeza, aprender a resistir, vencer el dolor. Viendo los parciales, veo que terminar el Maratón de Berlín en 4:21:34 ha sido toda una victoria personal.
Pasar por debajo de la imponente Puerta de Brandenburgo, tcarla con la mano, habiendo pasado este calvario es sobrecogedor. Ver en los carteles, nada más pasar la Meta, que Kimetto ha batido el récord del mundo en un tiempo, escalofriante.