Mi primer Maratón: Madrid, 17 de abril de 2011

Maratón de Madrid, 17 de abril de 2011.

4:39:51. Si hace tres años alguien me dice que iba a correr un Maratón, me habría descojonado y luego pedido otro par de cervezas.

Aunque el tiempo de carrera sólo es un poco más de lo que esperaba hacer, lo cambio con gusto por el chute de emociones de las semanas previas. No se puede decir que no haya hecho una carrera responsable ni que no me haya vaciado, de modo que el Maratón y yo estamos empatados. Y yo, dolorido y feliz. Lo primero se me va a pasar enseguida; lo segundo, probablemente nunca.

Resulta muy difícil resumir el primer Maratón que se corre. Por la parte buena o la parte mala, cada segundo me parece que tiene motivos para ser recordado. Supe que lo quería hacer hace dos años, cuando lo seguí en los mismos sitios por lo que ayer pasé sufriendo. Ni un solo instante me habría querido cambiar por alguien del público.

Ya me habían avisado que esta carrera era distinta a todas las que había vivido. Había que mentalizarse para resistir la tentación de acelerar, si el objetivo era acabar, hacerlo sin muro y hacerlo en 4:30. Desde muy pronto empecé con molestias: los cuádriceps. De todas maneras, tenía claro que o se me rompían los músculos o iba a ser muy difícil que lo dejara. Así que tocaba apretar los dientes si era necesario. Todo es el coco: se supone que el cuerpo lo tienes preparado.

La carrera no tiene mucha historia hasta la mitad. Corría esa parte con Javier, un buen amigo con el que nos habíamos juramentado para pasar esto juntos. Nunca había pasado la barrera de los 21 kilómteros. Acompañado, con el ritmo y las pulsaciones controladas, todo lo que ocurriera a partir de ahí era una novedad. La soledad del recorrido no ayudaba nada, qué pena que una carrera de este tipo, no esté acompañada por el público. Empiezan a contar las estrategias psicológicas para aguantar. Detrás de un corredor con una camiseta en la que ha escrito con rotulador “el sufrimiento es efímero, la gloria, eterna”, trato de darle sentido durante unos kilómetros a lo que estoy haciendo hasta que la falta de respuesta por mi parte me produce unas ganas tremendas de darle una patada; en ese momento le adelanto.

Se une Manuel, un compañero del grupo de entrenamientos de MAPOMA, que lleva nuestro ritmo y nuestro objetivo, y con el que llegamos a la Casa de Campo. Qué falta hace la compañía. Y eso que no todos los Maratones te cruzas con Nuria Fernández en la Casa de Campo dándote ánimos. Y aunque sea así, cuando ya vas cansado, esos kilómetros te ponen a prueba de verdad.

Aunque no sé qué es peor: el recorrido después es, sencillamente, eterno y anodino. Supongo que influye que el Calderón está cerca, pero no es lo único. Las piernas siguen doliendo, ya no sólo son los cuádriceps, es todo. El cansancio es cualitativamente distinto al de otras carreras. No es el muro, sé que voy a terminar, pero llevo ya tiempo sufriendo y sé desde hace tiempo que me espera lo mismo un buen rato más.

Toca apretar los dientes. Dejo a Javier, ya mi ex amigo, atrás, por el sencillo motivo de que no puedo hacer otra cosa que mantener mi ritmo, ni un poco más ni un poco menos. Sigo con Manuel, que mantiene el tipo. Ya hace tiempo que he dejado de encontrarme con los amigos y la familia: aunque vaya acompañado, voy solo. Me estoy poniendo a prueba, pero esto es lo que llevaba tiempo buscando. Sé que llego, y sé que esto ahora no tiene mucho sentido, pero que en el futuro lo va a tener. Pasan cosas que ahora recuerdo como en un sueño: la corredora que se abraza llorando a su familia. Veo a Carlos, un compañero del trabajo, haciendo fotos. Paso a D. José Moratinos, corredor provecto, omnipresente en las redes, con su edad y su dignidad.

Alfonso XII. Sólo veo gente andando. La mujer de Carlos me grita para empujarme. Veo cómo Carlos se prepara para acompañarme en los últimos kilómetros. Lo que demuestra que ya es corredor, y que lo era antes de empezar a correr. Siempre me quedará la duda de que verme sufrir a mí sea una venganza por todo lo que le he hecho sufrir a él en otras carreras, pero es un gesto que ahora, cuando empiezo a recordar con perspectiva mi primer Maratón, me deja un nudo en la garganta.

Debo reconocer que esperaba más emoción en el tramo final. Todo estaba preparado: mi familia, los últimos metros con mi hijo pequeño, la alegría de terminar…no era la versión de photo finish que creía que iba a ser, pero no importa. No importa porque lo que voy a recordar son otras cosas: el encuentro de amigos en Correos. Imágenes de amigos que han estado fuera, como yo lo estuve antes, porque no podían estar dentro. Me acuerdo de tantas noches de invierno entrenando, y los corredores a los que no conozco ni conoceré, con los que me he cruzado tantas veces, que me ponían el contador de la motivación a cien. La paciencia infinita de mi familia, con lo difícil que es explicarles por qué uno les quita tiempo por esto. Los amigos corredores, que han dejado de ser la consecuencia para ser la causa.

Dicho lo cual, una mención de honor: el “puto crack”. Este hombre se nos apareció dos veces en la Casa de Campo y una tercera en la Ronda de Valencia. Este tío es un animador como la copa de un pino. Para todos tenía una frase ingeniosa, lo vivía de verdad. Cómo sería, que al final un corredor que venía con nosotros le gritó a él: “Tío, eres un puto crack”. El puto crack se le queda mirando y le contesta: “No, el puto crack eres tú, que estás corriendo una maratón y la vas a terminar”

¿Cómo no nos va a gustar correr en MAPOMA?