Nueva York, 3 de noviembre de 2013

Nueva York, 3 de noviembre de 2013

Una vez en la vida. Al menos, una vez en tu vida. Si eres corredor, te lo mereces. Concédetelo. Como decía Isidro Gilabert, si hace falta que renuncies a algo para conseguir esto, hazlo. Hazlo, porque el Maratón de Nueva York te lo va a devolver con creces. Con la misma generosidad con la que la gente se lanza a la calle ese día por cientos de miles para hacerte sentir una persona especial.

Las mejores reflexiones sobre el Maratón de Nueva York no son mías, se las he oído a compañeros con los que he compartido unos kilómetros o unos momentos tras la carrera. “A quien le cuente esto, no se lo cree”, me decía un corredor español subiendo por la Cuarta Avenida. Y ni siquiera sé si voy a ser capaz de contarlo, pensaba yo. “Y después de esto, ¿qué corro yo ahora? Todo me va a parecer demasiado pequeño”, comentaba otro en un corrillo en el hotel, mientras todos los demás asentíamos.

Todos los Maratones empiezan mucho antes. Pero en mi caso, éste empezó demasiado, por la cancelación de la carrera en 2012 debido al Huracán Sandy. Era como una herida que había que cerrar, casi un poco obsesivo. Y los días previos producían una sensación de dèja vú, o como si se hubiese parado el tiempo, y en especial el rodaje previo por Central Park para entrar en ambiente, con una lluvia fina pero temperatura primaveral.

Por si fuera poco, la organización tuvo el detalle de regalar, a los que repetíamos, la camiseta y la medalla del año pasado, junto con un brazalete y una nota muy cariñosa. Algo para pensar en la distancia que aún nos separa aquí de esta gente, y por qué esto es más que una carrera o un negocio, sino una experiencia personal, que creo es lo que todos vamos buscando.

Staten Island: “I wanna be a part of it”

El madrugón infame y la espera larga, con un frío tremendo, forma parte del ritual, para hacer más épico el Maratón. Para nota la enorme capacidad logística de los organizadores para recibir, alimentar y mover a 50.000 personas. A los pies del enorme Puente Verrazano, al menos te entretienes viendo la capacidad de la fauna humana para diferenciarse de sus propios congéneres. Por encima de ti vuelan los helicópteros, cada vez más cuanto más se acercan las 9 de la mañana.

A partir del momento en que las distintas oleadas son llamadas a los cajones de salida, el tiempo pasa mucho más rápido, y en especial después del primer cañonazo. Se adivinan las cabezas de algunos corredores sobre el primer nivel del puente, que son jaleadas con gritos de ánimo por los que estamos abajo. Es una sensación rara, falta una hora para mi salida y ya hay miles de personas corriendo.

Cuando te quieres dar cuenta, estás en la salida escuchando el “God Bless America”, y luego el tradicional “New York, New York”, que en mi oleada canta todo el mundo y que te pone los pelos de punta: ha llegado el momento.

Tras el disparo de salida, enfilamos Verrazano. La gente no va tan eufórica como podría esperarse, porque estamos a 2 grados y la sensación térmica es muy inferior por culpa de un viento tremendo, infernal, pero los primeros kilómetros por el Puente dejan las primeras imágenes espectaculares: a un lado, un helicóptero a apenas 50 metros, en posición estacionaria, en primer plano, con la vista de los rascacielos de Manhattan al fondo, así que lo que nos acompaña es un ruido ensordecedor, del viento y los motores; en el otro lado del Puente, barcos lanzando chorros de agua. Estamos en Nueva York y esto es su Maratón.

Welcome to Brooklyn

Es lo primero que leemos al salir del Puente. Lo hacemos en varios niveles, la carrera va separada desde el principio porque corremos por los dos pisos y entramos en Brooklyn cruzándonos, pero los primeros neoyorquinos se han puesto sobre una pasarela y nos dan la bienvenida con carteles y agitando los brazos; no podemos oírlos, pero les gritamos. Ya empieza a verse gente en las calles, pero nada es como cuando desembocas en la Cuarta Avenida. Nosotros, que hemos corrido en el nivel inferior de Verrazano, giramos 90 grados y nos incorporamos a la Avenida por la que ya vienen los corredores del nivel superior, y la imagen de una carretera larguísima, enorme, ancha, llena de gente, corredores en el centro y los vecinos a los lados. El estruendo es enorme. No, no es como nos habían contado. Es distinto, es mejor. Porque hay carreras donde te anima la gente en algunos tramos, e incluso algunas (léase Behobia) en las que hay mucha gente, pero es que aquí la gente te mira el nombre, te mira a los ojos y te grita con el pecho, y te grita fuerte, te dice de todo, te da de todo: pañuelos, fruta, te muestra las manos -y no sólo los niños- para que se las choques. Sacan equipos de música, todo tipo de instrumentos, los coros de las Iglesias se visten y cantan. Escriben frases ingeniosas en cartulinas, llevan fotos enormes de sus familiares y amigos corredores. Niños que ofrecen regalices, que montan su mesita con vasos de agua… Estamos en Nueva York y esto es su Maratón.

El recorrido por la Cuarta Avenida debe extenderse durante unos ocho kilómetros, y es siempre así. Aquí es donde corro unos kilómetros junto con un par de compatriotas que tampoco salen de su asombro. El protagonismo es para un runner que lleva una bandeja con copas y una botella, así como para una novia presuntamente desairada que corría con velo.

Amigo, si corres en Nueva York, no vayas por el centro de la calzada ni mirando el reloj. Pégate a la gente y déjate llamar, y cuando les oigas, hazles un gesto que les devuelva la generosidad.

Queens: Go, go, motherfuckers

Según avanzas por estos dos barrios ves cambiar los estilos de las residencias y la gente, áreas con más gente de color, que son mucho más “musicales” (increíble un grupo de percusión y un coro gospel), o más bromistas, como los vecinos centro y sudamericanos, o incluso indiferentes, como el barrio judío, colectivo al que, sencillamente, le trae al pairo esto del Maratón. Como se recorre alguna zona menos residencial, hay momentos de menos jaleo, cosa que se agradece, para chequear si vas bien de ritmo, de pulmones o de piernas. Como esto no deja de ser una carrera de 42 kilómetros, empiezas a tener la sensación de que el ambiente tiene un poderoso efecto anestésico. No hay que embalarse, ya nos lo han dicho muchas veces, porque es muy fácil dejarse llevar por la euforia.

Por si acaso, el cantante del último grupo musical del barrio de Queens nos despide con un siempre estimulante: “Go, go, motherfuckers”. Estamos en Nueva York y esto es su Maratón.

Primer paso por Manhattan: If “easy” means 10 miles to go

La sorpresita de la carrera son los tres kilómetros del Puente de Queensborough. Aquí estamos solos, vuelve a soplar el viento y a apretar el frío y sólo podemos mirar a la derecha para ver Manhattan desde un ángulo distinto al que veíamos al comienzo. De hecho, lo que muchos hacen es salirse de la carrera para hacerse fotos. Pero aquí ya vas tomando conciencia de que esto va en serio. Se hace interminable el puto puente este. Quizás por eso, Manhattan nos recibe con carteles de bienvenida. Si fácil quiere decir que quedan 10 millas, bienvenidos a Manhattan, la parte más fácil. Y para demostrarlo, según vas llegando al final del Puente, se oye un estruendo tremendo, y si miras hacia abajo, verás de nuevo a cientos de personas a los lados de la calle, con globos y banderas, haciendo los honores, como siempre, gritando, a los corredores.

La primera visita a Manhattan la haces corriendo por la Primera Avenida. Esto ya es glamour en estado puro. Aquí no te dan trozos de naranja, pero gritan todos, eso sí. Aquí están los familiares de los corredores extranjeros, y se ven todas las banderas del mundo. Aquí es donde ves a tu familia, pero a partir de ese momento, no mires para adelante, porque tienes delante muchos, muchos kilómetros de calle, y se ven cabezas de corredores en la distancia, lo que es espectacular, pero tienes que llegar allí, el público está más lejos y ya llevas 28 kilómetros. Al menos algunos lo habían descrito muy bien “If a marathon was easy, it´d be called your mom”. Son ocurrentes, estos americanos.

Bronx: Cause this is my house

El Bronx es el quinto barrio, y la visita es casi protocolaria, pero mereció la pena por descubrir al que era son duda el mejor DJ de la carrera. Rodeado de un grupo numeroso de fieles bailando, daban ganas de quedarse allí. “Venir a bailar, porque esta es mi casa”. Mira, en español también tiene su musiquilla.

Manhattan y Central Park: esto se acaba, o esto acaba de empezar

Enseguida entras de nuevo en Manhattan, por la Quinta Avenida, y ya sabes que te queda muy poco, aunque los kilómetros siguientes tienen una pendiente de lo más estimulante. Una chica se ha colocado en un sitio estratégico con una cartulina que dice: “Hace cuatro meses esto parecía una buena idea”. A todo esto, no he mencionado que cada puente, y cruzamos cinco, trae de serie su cuesta. En fin, apretando un poco más los dientes, y gracias de nuevo al público, enfilamos una calle que debería ser preciosa si la haces paseando y descansado, ya bordeando Central Park Norte.

Poco a poco la concentración de gente es mayor, hay algunos hospitales y el personal médico y algunos niños enfermos están también en la calle. Sé que los que están saben lo que llevamos encima, y sus ánimos parecen muy sinceros.

A estas alturas, ya se puede hacer un análisis sociológico completo. Hay neoyorquinos (todos los que estamos allí lo somos) que animan en genérico. Aplauden, gritan las frases habituales.
Otros personalizan un poco más, dicen tu nombre al pasar, lo que viene bien, pero no tanto como el que se fija en ti con el propósito de empujarte con su voz, como los que acompañan a los ciclistas en los puertos. Bien por afinidad (los sudamericanos, cuando ven tu camiseta –un sacerdote argentino me dijo algo que no soy capaz de recordar pero que me pareció muy emotivo-) o por razones inexplicables, puesto que obviamente no te conocen, son los que se fijan en tu nombre, lo gritan y cuando miras, te dicen algo personal. Y por último, los españoles. Los que viven allí, son los que están fuera de las aglomeraciones, y los familiares de corredores, a ellos los reconoces por el acento.

En estas reflexiones iba uno entreteniéndose cuando se gira la derecha para entrar por primera vez en Central Park. Ahora sí. Pero ahora el que grita y anima soy yo. Ellos y yo estamos igual de eufóricos y desatados, y yo desde luego tengo mucho que agradecer. Todos te hacen sentir el protagonista de la carrera entre 50.000. A los amigos y familiares en Madrid, siguiéndote en las redes sociales y en la web, también. Esto ha sido un diálogo, hemos corrido juntos, entre todos me han ido llevando a terminar mi cuarto Maratón.

Y mientras hago esos últimos tres kilómetros no me quiero olvidar de que hace justamente un año, estaba corriendo por esa misma calle de Central Park en sentido contrario, que me había quedado sin Maratón, y me viene a la cabeza que una de las razones por la que hago estas cosas es para conocerme mejor a mi mismo y con ello tratar de ser mejor. Y si he aprendido algo este año es que los sueños hay que perseguirlos, y con más fuerza cuanto más difíciles parecen, porque luego, cuando se alcanzan, compensa con creces los esfuerzos, los sacrificios y las renuncias.

Por eso, corriendo por la calle 60 y entrando de nuevo a Central Park por Columbus Square, donde unas horas más tarde me encontraría con Manuel e Isidro, arropado por los gritos, el ruido de los helicópteros, era la persona más feliz del mundo rodeado de las personas más felices del mundo.

El tiempo no tiene la menor importancia, aunque creo que hice una muy buena carrera. A lo mejor, si repito, ya me preocuparé de bajar la marca, o no. Pero me gustaría tardar en volver, para disfrutar todo lo que pueda de los recuerdos del Maratón de Nueva York 2013, en el que hice algo más que correr.